JULIO SOSA, “EL VARÓN DEL TANGO” POETA
Hoy, 2 de febrero de 2026, se
conmemoran los 100 años del nacimiento de Julio Sosa, “el Varón del Tango”,
uruguayo y pedrense inmortal. Muchos recordarán su trayectoria como uno de los
más destacados cantantes de Tango del Río de La Plata, pero pocos conocen su
dimensión de poeta.
Julio Sosa fue ante todo, un intérprete.
No fue autor de canciones, aunque compuso la letra del tango “Seis Años” que
musicalizaría Edelmiro “Toto” D’Amario, y nos dejó un libro de poesías titulado
“Dos horas antes del Alba”, publicado en 1964, el mismo año de su triste
fallecimiento (“editio princeps” de Logos Editores Distribuidores, Buenos
Aires, 1964).
“Dos horas antes del Alba” consta
de veinticuatro poemas. En vida Julio Sosa grabó (ese mismo año de 1964) el
segundo de ellos, “No me pidas amor”, en estilo recitado, acompañado del bandoneón
de Leopoldo Federico. También existen grabaciones de colección registradas por
el propio Sosa de “Renunciamiento” con la orquesta de Alberto di Paulo, así
como de los poemas “Arrepentimiento”, “Treinta y dos Escalones” e “Himno a la
Virgen mía” sin acompañamiento ninguno. Años más tarde, Luis Brandoni grabó
algunas de esas poesías para el disco “Luis Brandoni evoca la poesía de Julio
Sosa” (Fonocal, 2009).
Una particularidad de “Dos Horas…”
es que a través de sus versos Julio Sosa abre su alma al lector sin secretos y
con total sencillez, transmitiendo en la letra su más íntima pero sincera catarsis.
Como él lo explicita en sus “Palabras del autor”, a modo de prólogo, él
escribía para liberar la tensión que le provocaba “volcánicos estados anímicos
o mortales depresiones morales”. No reconoceremos en su poesía al brillante “Varón
del Tango”, al eximio cantante: encontraremos a un ser humano vulnerable que observa
su éxito sin poder asumirlo, que se introspecciona y se sorprende del Sosa del
mito público, llegado a la gloria que cualquier mortal ansiaría y que sin
embargo lo hace sentir vacío, que no logra amar ni encontrar el verdadero amor,
que no puede disfrutar de una felicidad a la que llega cansado y tarde, que se
interroga en el pináculo de su fama y que trata de entender dónde se encuentra
mirándose desde aquel ser sencillo que todavía es y que continúa siendo su
referente, forjado en las privaciones, en el desarraigo y en la soledad, desde una
tristeza que siempre ha cargado y que (¿por qué?) aún no le abandona.
Los poemas de Julio Sosa recuerdan
en buena proporción las temáticas tangueras, como es natural porque fue la
cultura en que aquél se formó, pero hay uno donde ese estilo parece hacerse a
un lado, y es donde su poesía alcanza su mayor vuelo: es el poema “Tormenta”:
“Como una enorme gata amarillenta
se acurruca la tarde en el ocaso
y dorando la tierra en un bostezo
guarda el sol otoñal sus rojos brazos.
Una nube se acerca amenazante
jineteando en el viento su arrogancia
y al galope de mil potros gigantes
ruge el trueno iracundo en la montaña.
La majada obedece temerosa
al ladrido del perro blanco y negro
que la empuja al galpón tibio y seguro
que recuesta su flanco junto al cerro.
El murmullo inocente del arroyo
es un grito de guerra adulto y bravo
y transforma su cauce cariñoso
en un río furioso y desatado.
Hasta el lobo que corre tras la oveja
con fulgor asesino en la mirada
se detiene espantado por la aurora
breve y blanca de un rayo en la quebrada.
El cuchillo de fuego parte un árbol
con certera y caliente puñalada
y cubriendo su cuerpo agonizante
tiende el viento con humo la mortaja.
Tras el crimen terrible y alevoso
borda el cielo su pena lastimera
llora el agua que brota de sus ojos
sobre el negro cadáver de madera...”.
Julio Sosa, cantante, poeta, la leyenda y el misterio de su realidad, nos dejó el 26 de noviembre de 1964, como dijimos, el mismo año en que publicó “Dos Horas antes del Alba”, víctima de un accidente automovilístico y en la cumbre de su carrera artística, joven y cuando todavía lo mejor le estaba por venir. Muchos dicen que esta obra fue su testamento espiritual, o quizás un mensaje entre líneas. Hay quienes creen que en esa tirantez existencial entre el individuo y el personaje que confiesa en sus páginas, Julio Sosa percibía su muerte silenciosa y cercana, anticipando una despedida mientras aguardaba en vigilia un alba en el espacio de su noche interior. ¿Casualidades, coincidencias, conjeturas, o había algo más…?